La mañana se levantó con nublos y una lluvia fina. Bendita lluvia que llegaba por fin como una canción de esperanza renovada, tras tantos días de sol.
Nos reunimos con Jose, nuestro guía, a las afueras de Mancha Real sembradas ahora de almendros en flor, para comenzar la subida a la Peña del Águila. Desde allí, maravilloso mirador sobre los campos de Jaén, la bruma que acompañaba a la suave llovizna nos permitía intuir los pueblos y los montes, que parecían disolverse en el azul.
Continuamos hacia el alto del Morrón, y el tibio sol de invierno comenzaba ya a vencer a las nubes. Hacia Granada, más lomas, más montes azules… en los olivares se retomaban las labores y pequeños penachos de humo anunciaban la poda, la quema de la ramoniza, la vida que sigue y se renueva cada día. Por fin, ante la vista del Almadén entre los últimos jirones de niebla y bajo un cielo aborregado de leves nubecillas blancas, ya coronado el Mojón Blanco, nos tomamos un descanso antes de emprender el regreso.
Y llega la hora del retorno. Diciendo adiós a las vistas de las cumbres y a los ásperos lapiaces de la cima, emprendemos la bajada por un sendero que discurre entre carrascas, monte bajo y encinas y, al final, llega a un hermoso pinar. La brisa suave entre las ramas, el canto de los pájaros, y el repiqueteo de un picapinos detienen por un instante el tiempo… Hay que volver, pero en el alma nos queda la experiencia del camino compartido, y la posibilidad de encontrar, tan cerca, un lugar que invita a hacer una pausa y escuchar en silencio la música callada de las Sierras.
Crónica: Carmen Cano
 

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